Las (“supercool”) oficinas de concepto abierto no dan fuelle a la colaboración, la asfixian

Las empresas “techies” (y sus evangelistas) han repetido hasta la saciedad en el transcurso de los últimos años que las oficinas de concepto abierto animan a los empleados a interactuar más entre ellos, alientan la producción de nuevas ideas y son una suerte de varita mágica para la colaboración.

Sin embargo, lo que está de moda (a rabiar si hablamos como hablamos de las oficinas de concepto abierto) no está necesariamente ungido con la verdad absoluta. Según un reciente estudio de la Universidad de Harvard, las oficinas de concepto abierto no sólo no son aliadas de la colaboración sino que la “asesinan”.

Para llevar a cabo la investigación sus autores (Ethan Bernstein y Stephen Turban) fijaron la mirada en dos compañías (de la lista Fortune 500) que tenían previsto a cambiar a oficinas de concepto abierto y estudió los comportamientos de los empleados antes y del rediseño del lugar de trabajo.

Durante tres semanas antes y después del cambio los investigadores analizaron los movimientos, las conversaciones, los mensajes y los asuntos de los emails intercambiados entre los trabajadores en ese periodo.

¿La conclusión? Que una vez fueron echados abajo los muros dentro de la oficina, se desplomaron también (y de manera muy significativa) el número de interacciones cara a cara entre los trabajadores. Y aumentaron, en cambio, ostensiblemente el número de emails y de mensajes de texto.

En términos generales las interacciones cara a cara cayeron un 70%, mientras que el uso del email se incrementó en una horquilla comprendida entre el 22% y el 50% (dependiendo del método de estimación empleado).

Quince días antes de estrenar nuevas oficinas (de concepto abierto) los empleados invertían una media de 5,8 horas al día interactuando (cara a cara) entre ellos. Y tras el rediseño el tiempo medio de interacción personal entre los trabajadores cayó hasta las 1,7 horas diarias.

Pese a la “mitología” que existe en torno a las oficinas de concepto abierto (sobre las que tantas alabanzas se han cantado en los últimos años), parece que este tipo de diseño hace a los empleados más retraídos a la hora de interactuar cara a cara con sus colegas y les fuerza de alguna manera a refugiarse en los brazos de los mucho más impersonales emails y mensajes de texto.

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